Ante
la crisis social que sufre Europa después de la Segunda Guerra Mundial y con el
objetivo de solventar las consecuencias de esta situación, aparece la figura
del/a educador/a de calle como tal, aunque ya antes se habían producido algunos
movimientos aislados y no estructurados de este tipo de educación no formal.
Durante mucho tiempo, ante
situaciones complejas de dificultades sociales, de abandono, de exclusión, de
marginación o de infracción social, la respuesta era la institucionalización:
la separación del sujeto de su medio natural. Se trataba de una intervención
sobre los sujetos con carencias y dificultades que pretendía ser protectora
desde una perspectiva paternalista, y que era en todo caso discriminatoria:
excluía a la persona que molestaba.
En
la década de los sesenta irrumpieron nuevos enfoques. Se trataba de nuevas
respuestas ante realidades sociales distintas. En aquella época surgen
movimientos sociales nuevos, asociados a cambios ideológicos, simbolizados en
las manifestaciones de mayo del 68 y sus secuelas. Aparecen y se difunden ideas
nuevas y manifestaciones de pérdida de confianza en las instituciones, como
evidencia del éxito, por ejemplo, de La educación sin escuelas, de Ivan Illich.
En
este contexto es donde se empieza a difundirse la idea de que la
institucionalización ofrece riesgos para la personalidad del sujeto, limita su
potencial y las posibilidades de su desarrollo social, condiciona el tipo de
relaciones que puede establecer y dificulta las posibilidades de gestión de su
libertad individual.
A
raíz de las nuevas ideas, en aquel momento se empieza a hablar de la necesidad
de la existencia de grupos y asociaciones que realizaran un acercamiento real a
los sujetos, sin apartar al educando de su medio, acompañándolo en su vida
cotidiana para ayudarle a resolver sus problemas y a superar sus dificultades.
En nuestro país, algunas iniciativas en esta línea, como la de Pioneros y las
del Instituto de Reinserción Social (IRES), hacen que se empiece a hablar de
medio abierto y de educadores de calle.
Según
Castillo, los educadores de calle aparecen en España (en Logroño y Barcelona) a
principio de la década de los setenta.
La primera experiencia de
educadores de calle fue en Barcelona a cargo del Instituto de Reinserción
Social el año 1975, en el barrio del Carmelo. Aunque el origen de la educación
de calle en España arranca con el llamado “Movimiento Pionero” que se
desarrolló en los inicios de 1968en Logroño, y que tuvo una segunda etapa de
extensión y consolidación entre 1975-1981 en Pamplona, Asturias y Zaragoza.
Constituyó una de las primeras experiencias profesionales que centraron su
intervención en el medio natural de la infancia y la adolescencia, utilizando
dinámicas de acercamiento, empatía y conocimiento horizontal.
(Castillo, 2005, p.282).
Sedó
(1999,pp. 34-35) resalta el carácter totalizador que tiene la calle para muchos
niños y adolescentes en riesgo social. Para este autor, la calle es el medio
abierto por excelencia, donde muchos menores reciben el grueso de su educación
y donde se desarrollan habilidades propias e idiosincráticas.
Ya
en los 80 y muy vinculado a planes de prevención de drogas, se cohesiona la
educación de calle a la Administración Local, a través de los Servicios
Sociales. Evolucionando hasta adquirir un carácter preventivo y ampliándose a
otras situaciones no relacionadas con la drogodependencia. Actualmente se
tiende a unificar todas las figuras educativas existentes (educadores/as de
calle y educadores/as de familia).
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